Agradecimiento y fin

Esto llega a su fin. Comenzó como una prueba de constancia y estabilidad, pero ni una ni otra se han sostenido en el tiempo, de lo cual este meditante es el único y exclusivo responsable.

Agradezco a todos cuantos se han pasado por este cuaderno su amabilidad y paciencia, pero   ante la falta de estímulos es hora de echar el cierre. No obstante, si alguien tiene interés o curiosidad en continuar leyendo esta historia, Treinta y dos días de octubre, puede hacerlo en mi otro cuaderno, La raza de Caín, donde la novela está publicada íntegramente, junto con otros escritos. Allí será bien recibido, aunque no sé si por mucho tiempo, porque también está amenazado de derribo. En fin, aguantaremos atrincherados hasta nuevo aviso…

En todo caso, gracias de nuevo a todos y hasta siempre.

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Treinta y dos días de octubre. Capítulo 4 (uno)

Sentados uno enfrente del otro, Iris y Martín se miraban y se sonreían mientras comían. De fondo, el ruido del Universo, el parte de la tele, con un tono monótono y adormecedor que efectivamente conseguía lo que buscaba, anestesiar a los telespectadores a la hora de la comida. Así, con el estómago lleno, el cansancio de la mañana y las noticias correctísimas y adecuadamente dosificadas que emitían todos los canales —no sólo los controlados por el Gobierno, sino todos, públicos y privados—, la omnipresente televisión lograba en esa hora que quienes la estaban mirando ni siquiera se enteraran de si lo que oían y veían era de ahora o de hacía un mes, o un año, o del siglo pasado…

—No hace falta que me lo digas, te noto fatigado, ansioso, preocupado…—advirtió Iris mientras sostenía en el aire durante un instante el tenedor.

—La verdad es que todo a mi alrededor se desmorona —contestó Martín mordisqueando distraídamente un trozo de pan—. Imagino que supuse que no era para tanto, que era sólo una impresión personal. Pero el tiempo ha ido pasando…

—…y te sientes muy cansado, ¿no es así?—concluyó su mujer, siguiendo el hilo de su pensamiento.

Se hizo un silencio sólo roto por la monótona voz del locutor diciendo que la huelga del sector aéreo apenas había tenido incidencia en los vuelos a pesar de que había sido convocada en todos los países de la Unión Europea a la vez por el poderoso sindicato de pilotos.

—En realidad —prosiguió Martín—, no sé si efectivamente tengo un problema.

La risa sarcástica de Iris resonó en el comedor.

—¡Por favor, cariño!, que nos conocemos de sobra. No lo llames problema, si no quieres, llámalo inquietud, desasosiego, intranquilidad…, pero de lo que no hay duda es de que algo te pasa. Y no es precisamente por la plaza, porque eso lo sabes desde el curso pasado y nunca te había preocupado lo más mínimo…

—Ya, si ya lo sé. Acuérdate de que, incluso, te dije en Navidades que quizá fuera mejor dejarlo —Martín se mesó los cabellos, un gesto que últimamente hacía a menudo. Cogió después la copa y la miró al trasluz hacia la ventana. Echó un trago y apuró hasta la última gota, tras lo cual volvió a llenar su copa

—¿Quieres más? —preguntó a su mujer.

—Qué pregunta…

Llenó también la copa de Iris y levantó la suya.

—Por ti, cariño.

Su esposa brindó con él, arrancando del cristal un mágico sonido que duró una breve eternidad.

—Por nosotros, tonto. Ven.

Iris se levantó y agarró de la mano a Martín, arrastrándole al sofá junto a ella y apagando de paso el televisor. Cuando ambos estuvieron sentados, Martín se acurrucó en su regazo y cerró los ojos, al tiempo que ella le acariciaba el pelo.

—No me equivoco al creer que estás muy, pero que muy preocupado por los últimos acontecimientos de estos meses. Tú no eres un hombre corriente, mediocre, tienes algo que te impele a luchar, aunque sepas que al final jamás puedes ganar, aunque sepas que te espera el desprecio, la humillación y la derrota. Lucha, cariño, porque lo único realmente importante en este mundo es luchar. Al final, ¿sabes?, siempre acabamos perdiendo.

«El drama de la existencia está representado por el hecho de que el hombre parece incapaz de entrever sus limitaciones, establecer un dominio real de su entusiasmo, comprender las pasiones que le asaltan, así como la naturaleza del instinto y la razón que han predeterminado su propio carácter. A sus pequeños ojos escapan la alegría, la vitalidad, la jovialidad o el dolor como sentimientos extremos que provocan su delirio para sumirlo en una gran inconsciencia.

«¿El mundo está civilizado? No me ha dado nunca esa impresión. Tal vez jamás comprendan el ardid de un lenguaje que a modo de suntuosos ropajes y palacios se basta para vestir de gloria el polvo y la sangre… ¿No fue Balzac quien dijo que al cabo lo que pervive es la literatura?

Sobrecogidos los dos en el silencio, Martín simulaba dormir, pero en realidad lloraba, mojando con sus lágrimas el vestido de Iris, que al notarlo le abrazó aún con más fuerza contra su pecho, mimándolo y acariciándolo.

Martín la miró, la besó y le dijo:

—Te quiero. Mañana te vienes conmigo a decirles esto mismo a mis alumnos.

La risa cantarina de Iris inundó como un torrente todo el comedor, la casa entera.

—¡Ni lo sueñes!

—Probablemente tengas razón y mi estado de ánimo se deba a esa prisa asfixiante que no te deja reaccionar ante los acontecimientos, y nos priva de algo tan esencial como la voluntad.

—¿Y?

—Lo sé desde hace tiempo pero me cuesta admitir que sea así.

Martín se puso muy serio, casi solemne. Inclinó la cabeza y dijo en tono grave:

—He perdido la fe…

Martín estaba completamente rígido, hierático, y sus ojos brillaban entre lágrimas. Iris le miró fijamente, con una ternura infinita, y Martín no pudo evitar llorar de nuevo.

—Entonces…, es verdad, ya no crees…

—No, ya no creo —dijo el joven profesor entre sollozos—. Ya no creo en el hombre, no en este hombre. No así.

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Treinta y dos días de octubre. Capítulo 3 (tres)

Una mano se levantó entre los alumnos. Martín le hizo un gesto invitándole a intervenir.

 —No veo la necesidad de trasladar las fábricas de unos países a otros, con lo que ese proceso costaría.

 —Verás —respondió el profesor—, es muy sencillo. En un país desarrollado el coste de la mano de obra es muy elevado, porque el propio sistema necesita alimentarse de los jornales de sus ciudadanos. Súmale a esto el precio del mantenimiento de la protección social y sanitaria. Añádele el dinero que representa mantener, de acuerdo a la ley, una infraestructura y un plan de seguridad laboral, medioambiental y de emergencias. Por último, los impuestos que debe pagar la multinacional al estado. Y todo eso sin contar con que pueda surgir una huelga o conflicto laboral en cualquier momento. Por el contrario, en el otro lado tenemos que los gobiernos de los países subdesarrollados desean subirse al carro de la prosperidad, primero para ellos mismos, las clases dirigentes, y luego para el resto de la población, …cuando se pueda, claro. De este modo, ofrecen a las multinacionales terrenos prácticamente regalados, una mano de obra abundante cuyo salario es diez o más veces inferior al de los países ricos, eso sin contar con que también trabajan mujeres y niños, que cobran aún menos, y que además no pueden hacer huelga porque carecen de organizaciones obreras que les representen porque sencillamente sus países no cuentan con una clase obrera, sino que la división de la población es clara: la clase dirigente en el poder, normalmente corrupta, y todos los demás. Si se le añade que estas multinacionales no pagan prácticamente impuestos, ni necesitan mantener costosos planes de emergencia para casos de catástrofes, el negocio está servido.

El mismo alumno de antes pidió de nuevo la palabra.

—¿Si? —inquirió Martín.

—¿Pero cómo puede compensarles esto de sus enormes gastos de transporte?

Martín carraspeó imperceptiblemente y se dispuso a contestar al chico.

—Bueno, efectivamente, podría parecer que los costos de desplazamiento resultaran un obstáculo insalvable. Sin embargo, estas empresas cuentan con departamentos de análisis económico en los que trabajan los mejores graduados de las distintas universidades mundiales. Y creedme si os digo que una multinacional no hace nada que no le vaya a reportar beneficios económicos. Absolutamente nada. Ni siquiera la creación de supuestas fundaciones filantrópicas. Ellos hacen sus cuentas, y en conjunto la balanza se inclina del lado de la desmantelación de sus factorías para levantarlas en estos países-guarida, por llamarlos de alguna manera. Es verdad que el precio es elevadísimo, pero lo es más el beneficio. Además, la venta de los terrenos que liberan en los países que abandonan alcanza un valor muy alto, que ya les sirve de colchón para afrontar los gastos siguientes. Una vez realizado el cambio e iniciada la producción en el nuevo país, los beneficios son inmediatos. De todas formas, no penséis que una multinacional desmantela todas sus instalaciones de golpe. Es una estrategia que lleva años de estudio meticuloso, de cálculo de costos, de negociaciones con los países receptores, de liquidación de los conflictos que generan en los países que abandonan… Sólo en una cosa coinciden todas estas multinacionales: en que continúan manteniendo sus sedes centrales en los países desarrollados, pero solamente la actividad burocrática, no la productiva —hizo una pausa para otear el panorama y comprobar que todos le seguían—. ¿Tenéis alguna duda de lo expuesto hasta ahora?

Nadie hizo el más mínimo gesto. Todo el mundo permanecía atento a las explicaciones de Martín, que se paseaba de un lado a otro del estrado mientras hablaba, deteniéndose a veces para cargar con más énfasis en algún aspecto concreto.

—Ya que todo está claro, sigamos. Montado el sistema de esta manera tan maravillosa, con la población del mundo desarrollado viviendo felizmente gracias a sus buenos sueldos que permiten a todo el mundo acceder a todos los medios de consumo, ¿por qué, entonces, se está yendo todo al garete tan rápidamente? La respuesta que encuentro es clara, directa y contundente: porque vivíamos en un engaño, una apariencia, un fraude. No es fácil de explicar porque intervienen muchos factores en principio aparentemente desconexos entre sí, pero sólo en principio. Para que podamos entenderlo de manera sencilla, bástenos con saber que el detonante inicial de todo es un exacerbado superconsumismo de los países desarrollados. Y vosotros me diréis: pero eso es bueno, porque cuanto más se consuma, más se produce, hay más trabajo, se genera riqueza y todo vuelve a empezar, en un círculo equilibrado —se detuvo un momento para tomar aire—. Pues no

«Y es no porque este pretendido equilibrio no puede mantenerse durante mucho tiempo sin que hagan su aparición fuerzas centrífugas que disgregan el sistema. Me explico. En su afán por lograr más y más beneficios, las multinacionales se vuelven avariciosas, y eso implica que deben reducir costos, de modo que al mismo tiempo que imponen unas condiciones de trabajo más severas en los países donde se establecen, tienden a la reducción de plantillas en los países desarrollados, recortando incluso personal en tareas burocráticas y de servicios. Se produce entonces un efecto de contagio o dominó que incide sobre el resto de la actividad productiva de estos países, de suerte que las pequeñas y medianas empresas, sin ser multinacionales ni participar en sentido estricto de este sistema de actuación, se ven atraídas por las expectativas generadas por las multinacionales, de modo que recortan a su vez gastos en personal, en seguridad, en prevención de riesgos…, todo ello con la connivencia y permisividad de los estados, cada vez más reaccionarios en su comportamiento macroeconómico, que tratan de obtener a su vez una rentabilidad económica en su gestión política. Se produce entonces una carrera por la obtención de beneficios plagada de incertidumbre que se traduce en el paulatino desmantelamiento de las estructuras consolidadas durante el último medio siglo por mor de la rentabilidad, con los efectos perversos por todos conocidos y que son copia directa de nuestros queridos amigos americanos, a saber: neoliberalismo exacerbado sin control estatal; desajustes perversos de los principales indicadores económicos, sobre todo la inflación; bajada de los tipos de interés; subida desproporcionada de los bienes de primera necesidad, entiéndase sobre todo alimentos y vivienda, fruto en este último caso de la especulación salvaje del sector inmobiliario; desestabilización del mercado bursátil; aumento artificial de las expectativas… ¿Para qué seguir?

Martín sufrió un repentino vahído y se apoyó con ambas manos en la larga mesa, mientras cerraba los ojos e inclinaba la cabeza. Varios alumnos de la primera fila se dirigieron rápidamente hacia él sujetándole por las axilas.

—Profesor, ¿te encuentras bien?

Martín se incorporó lentamente, notando cómo el color volvía a su pálido rostro.

—Gracias, chicos. No es nada —se dirigió entonces a todos sus alumnos—. Disculpad esta interrupción, fruto del acaloramiento del discurso… Sigamos.

Se disponía a proseguir cuando sonó el timbre que indicaba el final de su hora. Las nueve y media. Se quedó en suspenso, mirando a su auditorio con gesto interrogativo. Nadie osó moverse. Martín habló de nuevo agradeciendo la deferencia de sus alumnos, y continuó con la venia de su público.

—Si me permitís cinco minutos de vuestro descanso, concluyo enseguida —se aclaró una vez más la garganta y continuó—. ¿Qué ha ocurrido entonces en el mundo en estos últimos meses? ¿Se ha seguido paso a paso el codicioso modelo que os he explicado? La respuesta es que, a grandes rasgos, sí. El dios globalización al que rendimos culto desde no hace tanto ha hecho posible que lo mismo que un correo electrónico llega al otro lado del mundo en cuestión de segundos, así también los virus informáticos o de cualquier naturaleza. Por desgracia, no se ha mundializado en la misma medida la solidaridad, los avances de la ciencia, la información exacta, el bienestar de todos…

«Aquí hemos visto desde mayo, estamos viendo aún hoy, cómo empresas dignas de toda credibilidad, solventes y afianzadas sólidamente en el mercado, algunas incluso abanderadas de la actividad económica tradicional, se están reestructurando de forma masiva para hacer frente a la competencia feroz de las multinacionales omnipotentes…, que por cierto, son las que realmente acumulan en sus manos la mayor parte del poder político mundial, por si alguno aún no lo tenía claro. Estas empresas están cerrando numerosas instalaciones en aras de la productividad. ¿Consecuencia? Deben despedir a sus empleados por miles para tener alguna probabilidad de supervivencia. Aun así, se están produciendo quiebras generalizadas, que a su vez arrastran a las bolsas al desinflarse esa gran burbuja de nada. Así se explica el hundimiento de la bolsa de Tokio el veintisiete de mayo. ¿Y qué pasó después? Que siguieron las bolsas de Frankfurt, el veintiocho, Milán y Madrid el veintinueve… La de Nueva York está aguantando sostenida por los valores activos de las poderosas multinacionales norteamericanas, pero no se sabe por cuánto tiempo. Y así llevamos todo el verano. El superconsumismo ha abocado a millones de familias en toda Europa y Japón a un endeudamiento del que no hay ahora salida, porque el principal producto de esta grave crisis socioeconómica es el paro que recorre Occidente. Sin trabajo no hay jornal, sin dinero no hay comida…

«Estáis viendo aquí mismo, en nuestra ciudad, cómo casi todos los días hay manifestaciones de trabajadores que han sido despedidos. Y el Estado no puede hacerse cargo de nada, porque durante las últimas décadas se ha ido desproveyendo de sus poderes legítimos de control de la actividad económica para ir dejándolos en manos privadas. Los estados se han privatizado. Es más, incluso la Administración está procediendo a reajustes drásticos que dará con muchos miles de funcionarios en situación de regulación de empleo, casi seguro que sin sueldo, además. Y ojalá me equivoque. El problema es general, porque el mundo ya es un pañuelo, pero en España esta crisis económica se hace notar más porque, como ya sabéis, arrastramos un ligero retraso secular respecto a nuestros vecinos europeos que ningún gobierno se ha molestado en corregir. Y ya no nos vale echar la culpa de ello a Franco, porque lleva casi treinta años muerto. Ha sido la incompetencia, la desidia y la rapiña de nuestros queridos gobiernos democráticos lo que ha hecho que España se encuentre peor preparada que el resto de Europa en aspectos tan claves como las infraestructuras de comunicación e industriales, pero sobre todo tecnológicas, Y eso significa que si en Europa estornudan aquí ya tenemos la gripe. Por eso estamos sufriendo con mayor severidad los efectos de esta crisis. Una crisis que, por cierto, no sé si ha tocado fondo ya. Espero que sí.

«Por el bien de todos», pensó Martín.

—Para concluir, y por todo lo dicho, debo subrayar aquí las tres actitudes elementales para todo conocimiento: la duda como embrión de toda certeza; la adversidad como estímulo y acicate; y la paciencia como manantial único del que ha de brotar la esperanza. Pensad en esto.

A sus últimas palabras, la clase entera prorrumpió en aplausos, y la cálida y gran ovación dedicada a su profesor resonó tan fuerte en el aula que se dejó oír por los pasillos de la Facultad. Belén, emocionada, le agradeció en nombre de todos la lección que acababa de darles.

—No esperábamos menos de ti, Martín. Ha sido magistral.

Martín respondió.

—Gracias a vosotros. Mi trabajo es haceros pensar.

La puerta se abrió y asomó la cabeza el profesor que debía impartir la siguiente clase. Se quedó mirando estupefacto a Martín, y luego a los alumnos, y luego a Martín, buscando una explicación. Éste salió del aula saludando en el umbral al otro, dándole una palmada en la espalda y susurrándole al oído:

—Fíjate, Luis, con sólo decirles que mañana no hay clase…

 * * *

 De camino al centro para recoger su coche, Martín caía cada vez con más frecuencia en un profundo ensimismamiento, uniendo los cortes de película de toda su vida. A estas alturas, con treinta y seis años, todo era una enorme incertidumbre… Podía decirse que a eso se reducía su mundo en la actualidad. De lo demás, ni idea. Su trabajo era una incógnita en esos momentos, no sólo por el propio proceso político y burocrático de la maquinaria administrativa universitaria, sino, sobre todo ahora, por el desarrollo de los acontecimientos en el país, en el mundo… Dependiendo de cómo evolucionaran éstos, así sería el signo de su futuro inmediato en cuanto a su continuidad como profesor. Pero es que este aspecto arrastraba a la vez al resto de su universo. Ser profesor, para él, no era en sí un trabajo, era su vida misma, su desarrollo como individuo. Martín sentía la necesidad de ser profesor, de hablar con sus alumnos, de transmitir sus inquietudes, de enseñar, de aprender…

Por otra parte, desde hacía algún tiempo se sentía vacío. No sabía realmente a qué era debido. Quizá no fuera sino una etapa de su evolución personal a la que no debía prestar demasiada atención puesto que, como tal etapa, pasaría. Pero, ¿y si no se trataba de eso sino de una fisura en su personalidad, de una grieta por la que parecían escaparse sus sueños, su vida entera? Le preocupaba, sin duda, y por eso, a veces, le sobrevenían repentinos ataques de gran vitalidad y desfallecimiento. Su esposa no sabía nada del asunto. Por lo menos él no le había contado nada, y ella tampoco daba muestras de preocupación, pero con Iris nunca se sabía qué estaba pensando… Cuanto más pensaba en ello en los momentos de lucidez intelectual, más se daba cuenta Martín de que no llegaba a ninguna conclusión plausible. Era un continuo dar vueltas en torno a sí mismo, sin principio, sin fin, sólo con pequeñas paradas para descansar… y vuelta a empezar. A veces se sentía como si estuviera muerto, que tontería, y nadie se lo hubiera dicho. Sabía que eran simples alucinaciones, pero el sentimiento era tan real…

Ya había llegado. Casi eran las diez. Bueno, le sobraba media hora de aparcamiento. ¿Qué hacer? Cuando quiso darse cuenta estaba montando en el coche y se disponía a arrancar. ¿Adónde ir?

 * * *

 Después de todo, dar un paseo por el campo era un ejercicio digno de tener en cuenta, sobre todo a esas horas un día de diario en que no estaba todo atestado de pardillos de capital en busca de su ración semanal de salud y terapia reocupativa. Había ido andando hasta el canal que atravesaba el sur de la ciudad, que en esa época presentaba un aspecto fantástico, con una variadísima gama de ocres y oros verdes dibujando el paisaje, entretejidos sobre el magnífico manto de púrpura y plata. «No hay galas como las que viste el otoño en sus hojas caídas», pensó. Era un día luminoso, algo fresco, con un sol brillante que se introducía entre los álamos que bordeaban el agua y una ligera brisa norteña que barría de manera suave sus hojas, como una ligera lluvia hasta el suelo, en una concertina donde los ojos entretenidos vuelven a sonreír con la alegría de un niño divertido con los colores, dejando volar su imaginación emboscada en las hojas caídas que flotaban en la corriente, convertidas en barcos que discurrían lentamente sin rumbo y sin puerto, ya que el canal era una reliquia de mejores tiempos, cuando los campos que le rodeaban eran fértiles y activos. Hoy, en cambio, sólo se conservaba como un experimento del Centro de Interpretación de la Naturaleza.

Martín paseó por la ribera derecha del canal, como hacía cada vez que Iris y él se acercaban hasta allí. Hasta se sentó durante un rato en el borde del pequeño puente por el que pasaba la carretera. Mirando pasivamente el agua contempló cómo se iban formando caprichosos, imprevisibles remolinos que arrastraban las hojas hacia el fondo para, enseguida, volverlas a expulsar a la superficie, desde donde emprendían después un incierto camino aguas abajo.

La quietud era total, sólo rota por el paso de algún coche por la carretera comarcal. «Aire, luz, viento, agua. Así quiero morir. Aquí no me importaría morir», pensaba Martín a la vez que tiraba una piedra a las aguas del canal. La piedra era pequeña, y el impacto también fue pequeño, pero las ondas que formó crecían y crecían alejándose del epicentro a gran velocidad hasta romperse contra las orillas cercanas.

Martín se sentía como si el mundo echara sus cerrojos y él quedara fuera de sí mismo. Nada nos es ajeno. Tenía que contárselo a alguien… a Iris, sin duda. Él no era de los que se consolaban en la barra de un bar con cualquier conocido, o con el camarero. Estaba acostumbrado a afrontar los avatares de su vida en solitario, hasta que conoció a Iris, su maravillosa esposa, con la que compartía todo, absolutamente todo… Sí, debía contárselo, sería lo mejor. Seguramente entre los dos podrían resolverlo, siempre y cuando él consiguiera acotar el problema, separarlo del cúmulo principal de su mente, aislarlo y ponerlo en cuarentena para así poder intervenir con alguna expectativa de éxito.

Decididamente, debía hacerlo.

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Treinta y dos días de octubre. Capítulo 3 (dos)

El bullicio era impresionante en el aula, fiel reflejo del alboroto que se vivía no sólo en la Universidad sino en todo el país…

Martín se subió al estrado. Paseó su mirada por el recinto, esperando pacientemente a que los ánimos se tranquilizaran para comenzar su discurso. Los cuchicheos eran constantes, y aunque ya prácticamente todos los alumnos que abarrotaban el aula se habían sentado, no se hacía el silencio. Miró su reloj: las nueve menos cuarto.

Ad limitum ¿Querría este ilustre auditorio prestarme su atención?

Sólo ante su timbrada y serena voz parecieron disiparse los últimos susurros. Era raro, en sus clases reinaba habitualmente una buena disciplina no impuesta pero tácitamente aceptada. Cuando el silencio fue absoluto, habló.

—Como os dije ayer, no podemos entretenernos en preámbulos innecesarios que por otra parte podéis encontrar en cualquier manual al uso, de modo que pasaremos directamente al asunto. Analicemos… ¿En qué momento de la historia aparece la Península Ibérica como una entidad política…? —de repente, extrañado, confuso, interrumpió su discurso. Algo no le encajaba. Tantos alumnos, tantos alumnos… Aunque sin duda debía de tener cerca de dos centenares de matriculados, juraría que había bastantes más en el aula. De hecho, al fijarse mejor, comprobó que cada tres chicos ocupaban dos asientos; e incluso los pasillos estaban abarrotados. Algunas caras le sonaban además de tercero, no de primero. Y entonces vio a Belén en medio de dos tiarrones.

—¡Pero…!, ¿se puede saber qué significa esto? —la pregunta flotó en el caldeado recinto durante unos segundos, sin nadie que la recogiera mientras se miraban unos a otros. Al fin, la voz femenina de Belén sonó con claridad.

—Perdona por esta invasión, Martín. Debíamos haberte avisado, pero como la clase era a primera hora… Estamos aquí todos tus alumnos de este cuatrimestre porque queríamos pedirte un favor.

—¿Favor? ¿Cómo que un favor? —replicó Martín sin entender nada.

—Sí, verás. Te explico. Resulta que con todo lo sucedido últimamente está el patio muy revuelto, y, la verdad, las noticias son tan parciales e incompletas que no entendemos lo que está pasando. Todo estaba aparentemente tan bien y de repente… todo este revuelo nacional. Por eso, hemos decidido pedirte que, si no tienes inconveniente, emplearas esta clase, que por supuesto recuperaremos, en explicarnos de manera sencilla lo que está ocurriendo.

Martín se pasó la mano por la cabeza, pellizcándose después detrás de la oreja. Bajó la mirada hasta el suelo, la subió al techo, la volvió luego hacia la pizarra y de nuevo al suelo. Resopló y se aclaró la garganta.

—Bueno, chicos. ¿Acaso debería estar enfadado por este allanamiento de aula? En el fondo no hacéis sino halagarme. Sin embargo, sabéis muy bien que yo soy profesor de Historia de la Antigüedad, no del Mundo Actual, y carezco de datos precisos para realizar análisis con profundidad de la situación que se ha creado, mejor, que se está creando. De modo…

No le dejaron continuar. Belén tomó de nuevo la palabra.

—Agradecemos tu modestia, pero todos sabemos que estás mejor preparado para hablar de cualquier cosa que muchos; por lo menos de los que andan por aquí… Por favor, sólo queremos tu opinión, porque, la verdad, las noticias oficiales no nos convencen, y lo que dicen los periódicos independientes a veces es críptico de tan enrevesado. Además —Belén, venciendo su timidez, afirmó contundentemente—, nadie mejor que tú merece nuestra confianza.

—Aun sobrepasando mi capacidad docente, investigadora y…

—Pero no humana —le interrumpió de nuevo Belén.

Martín volvió a pellizcarse la oreja, y después la barba. Prisionero de sus palabras. No podía defraudar la confianza que había generado en esos chicos, no después de llevar años diciéndoles que lo único que realmente les pertenecía era su propia cabeza, y que del uso que hicieran de ella dependía su futuro, su vida, tantas cosas… No, no podía negarse a responder con sinceridad aunque no lo hiciera con acierto. No ahora.

Tomó aire, cogió una tiza y escribió en el encerado la palabra «fraude».

—Si me permitís parafrasear a Marx, diré que un espectro se cierne sobre el mundo: el fantasma del fraude. Henos aquí en una sociedad, en un primer mundo que ha crecido a costa de otros pueblos más ingenuos o más débiles. Mirad a vuestro alrededor, asistís al espectáculo de la corrupción política, estatal, a la expoliación salvaje, a especulaciones de bolsa y a grandes desfalcos, guerras, miseria…, ¿lo que ocurre?, ¿no lo adivináis? La pobreza se instituye y se crea; las telecomunicaciones y la tecnología han dinamitado todos los límites, abierto los apetitos, y confundido todos los sentidos.

«Las ideas de riqueza y libertad penden ajironadas en sus carnes, dejando ver ese hueso de la avaricia que se adorna con donaciones insuficientes, deduciendo impuestos y aumentando el capital. La vanidad celebra su carnaval con el festejo de la pantomima donde la burla y la bufonada suministran estupefacientes de todo tipo a las conciencias adormecidas tan sólo con promesas de cambiar el horror que vemos tal vez algún día. Estáis asistiendo al fraude de las teorías sociopolíticas y económicas de las diez o tal vez quince últimas décadas. ¿Todo en aras de una necesidad estrictamente biológica? ¿Crecer? ¿A qué deberíamos adscribir el hecho de que la mácula de las debilidades del hombre que porta el sistema se haga cada vez más fuerte? No se trata de un juicio ni fácil ni rápido. Si la premisa de la actualidad es la productividad, la pregunta es: ¿para qué producir más a la vista de un mundo que malgasta y despilfarra sus recursos? Todo tiene un precio. Los errores son más comunes que los aciertos, y por ello ¿cómo conseguiríamos orientarnos hacia la luz? Muy bien podría deducirse que desviándonos de la trayectoria de nuestros errores, ¿no creéis…?

«No conservaréis ningún orgullo, mi joven generación, si desesperados no lográis ver el fondo de la vida. Ese despertar del razonamiento crítico, insustituible y necesario para no perder de vista el porqué, el qué, y el cómo de las ciencias con su vieja lección de humanidades que constituye la esencia de la enseñanza en la Universidad, os propone el estudio más a fondo de estas cuestiones que todos debemos dirimir porque también hoy se hace historia, y no se debe considerar a ésta un ramal muerto que dé sombra al pasado. La historia está viva, vive con todos los tiempos, con todos nosotros…

Martín hizo una nueva pausa para añadir tensión al discurso. Pero rápidamente retomó el hilo del mismo.

—Vosotros sois historiadores en ciernes. Os corresponde la tarea de conocer la historia, de estudiarla, de analizarla, de comprenderla, de vivirla… y aun así, seréis muy pocos los que alcancéis realmente a entender qué es la Historia, porque tanto vosotros como ella estaréis ocultos tras un velo de desinformación, de falsas verdades, de doctrinas sectaristas, xenófobas, nacionalistas, radicales, excluyentes, destructivas. Y si vosotros no lo hacéis, si no podéis o no queréis aprender, cómo podrán los demás, los que de la historia sólo conocen la fecha del descubrimiento de América y los nombres de Napoleón y Julio César, y además carecen de la curiosidad necesaria que les lleve a indagar, educar con esta ciencia.

«Os he dicho que ha llegado el tiempo de pagar por tanto bienestar. Y el precio es éste, la conclusión de un ciclo, el fin de una época…, la crisis, en suma. Una crisis en todos los órdenes de la vida, una crisis que deriva de una gran mentira en la que nos hacen creer para que sigamos siendo felices y continuemos nuestra tarea como minúsculas ruedecillas de esta tremenda cadena que llamamos sistema, y que sólo, exclusivamente, se mueve por constricción económica.

«El mundo está sufriendo un profundo proceso de cambios. Eso lo podéis percibir sin que os lo digan en las noticias. Pues bien, lo que sucede no es más que el fin de un periodo de la historia: se está cerrando un ciclo económico mundial. Podríamos decir que este ciclo comenzó hace unos sesenta años, justo cuando acabó la Segunda Guerra Mundial. En ese momento las potencias europeas planificaron un modelo de desarrollo amparado en un alto grado de proteccionismo de los derechos individuales y colectivos de los ciudadanos, aboliendo el obsoleto concepto de súbditos. Bien es verdad que los Estados Unidos tuvieron un papel preponderante, sobre todo por la inyección de dólares que supuso su Plan Marshall, que, como sabéis, fue el protocolo necesario para la reconstrucción de una Europa arrasada y en la miseria.

«No obstante, el modelo que siguieron los países democráticos europeos difirió sustancialmente del que se aplicaba en los Estados Unidos, ya que aquí el liberalismo era y es la seña de identidad, con una prácticamente nula intervención del Estado en asuntos sociales o económicos. En Europa, en cambio, los estados asumieron un papel proteccionista en estos mismos asuntos, de suerte que se configuró un completo sistema de garantías y prestaciones sociales, laborales, sanitarias y asistenciales. Ahora bien, el continuo crecimiento económico de los países desarrollados y el consiguiente bienestar de sus ciudadanos no se consigue sin más, de manera gratuita, sino que presenta, en mi opinión, una doble factura: por un lado, la que pagamos nosotros mismos, sometiéndonos cada vez más al imperio de la necesidad inventada, es decir, al consumismo; por otro lado, la que paga el Tercer Mundo, amplio almacén de mano de obra casi regalada para las compañías multinacionales transoceánicas capitalistas que todos conocemos. Estas multinacionales han encontrado desde hace años un filón inagotable de ingresos cuando empezaron a desmantelar sus instalaciones de los países occidentales y se establecieron en los más subdesarrollados con el beneplácito de sus gobiernos.

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Treinta y dos días de octubre. Capítulo 3 (uno)

Por momentos el tráfico se volvía más y más denso. ¿Qué pasa hoy? «Vamos, vamos. ¿Qué hora es ya? ¿Las ocho y cuarto, y veinte? No es normal que a estas horas se circule tan despacio, en absoluto». Parado en medio de ningún sitio, vio cómo el semáforo que tenía apenas diez metros delante se ponía en verde una vez y otra vez… «Pondré la radio», se dijo. «Vaya, no sintonizo, ¿se habrá estropeado? ¡Qué fastidio!». Algunos conductores se habían bajado del coche para tratar de enterarse de lo que pasaba, y Martín empezó a entenderlo cazando al vuelo retazos de comentarios. Manifestación. Había una manifestación, ¿autorizada, a las ocho de la mañana, tan pronto? Qué raro. Pero, ¿qué importaba si estaba autorizada o no? Lo cierto es que era una faena.

Miró a ambos lados buscando ayuda. A su derecha otro vehículo detenido. A su izquierda… un hueco como para aparcar el trailer de su hermano. Se coló en él y comenzó a rebuscar en la bandeja del salpicadero hasta encontrar unas monedas. Sacó un billete de estacionamiento de dos horas, el máximo que se permitía, y lo dejó bien visible en la parte interior del parabrisas. Después cerró el coche y se encaminó a la Universidad. Bueno, por lo menos no estaba muy lejos. Total, diez minutos a pie.

Rodeó la Plaza de España, donde un enorme gentío se agolpaba para iniciar la marcha de la manifestación entre docenas de furgones policiales. Por lo que pudo leer en algunas pancartas, eran los empleados de Renfe, que protestaban por la regulación…, espera, también estaban los despedidos de Fasa. Consignas megafónicas, arrastrar de pies, la manifestación arranca; «el proletario cortejo inicia la marcha», pensó Martín.

A pocos pasos de allí advirtió que tras pasar por una de las calles más ruidosas de toda la ciudad, por una vez daba gusto andar por ella porque todo el tráfico había quedado atrás. No se oía nada, ni voces, ni bocinas de coches, ni pájaros, ni siquiera la ya lejana manifestación.

Subió las escaleras de dos en dos con su carpeta bajo el brazo. Las ocho y media. Saludó a los bedeles y entró rápidamente en el Departamento, donde un flemático Andrés le dio los buenos días. También estaba Julián, puntual como siempre.

—Hola —dijo Martín—, no sabéis la que se ha montado en el centro, he tenido que dejar el coche en…

—Claro que lo sabemos —le interrumpió Andrés—. Fui a ver a mi tío esta mañana, que vive muy cerca de allí. Precisamente le estaba contando a Julián el asunto. Y cambiando de tema, ¿escuchasteis la declaración del Presidente ayer? Llamó la atención sobre la inestabilidad que supone…

Julián, suspenso en sus apuntes, levantó de pronto su cara risueña hacia Martín, mirándole por encima de sus bifocales, e interpelando a Andrés, dijo:

—¿Inestabilidad? ¿Por qué hay que sacarlo todo de quicio? ¿Por qué es tan extraño el plan soberanista del País Vasco? ¿A ver? Después de todo, la unión peninsular de España sólo tiene unos cientos de años… Me explico. En mi opinión, es una actitud ahistórica entender el movimiento, ya sea político o de cualquier otra índole, en una misma dirección, y lo digo sin declararme ni a favor ni en contra de España o de los vascos.

«Sí, ya sé que resulta difícil de entender, precisamente ahora que Europa tiende a unificar sus fronteras, que otros consideren con tanta ingenuidad que la diferencia de una raza debe constituir una razón de estado siendo conceptos políticos distintos, y ello sabiendo que las naciones más poderosas son aquellas que se nutren de la diversidad de pueblos. Esto confirma que allá donde miremos unidad y escisión son movimientos perpetuos que prevalecerán nos guste o no como ley inalienable que domina el Universo. Claro que, ¡cuánto nos va a costar entenderlo sin que sucumbamos a la aniquilación de la especie!

«La Historia es la memoria colectiva del hombre, que justifica todas sus actitudes. Serviría de mucho si fuéramos capaces de escarmentar por mal ajeno o por el propio, pero eso no sucede, y por eso estamos condenados a soñar con la libertad sin entenderla jamás, porque al tiempo que forjamos su ideal topamos con la ambición envolviéndola en su círculo vicioso de guerra, odio, destrucción, paz… y vuelta a lo mismo. Tenemos mucho que reprocharnos… Y a todo esto, ¿qué opinas tú, Martín? ¿Qué crees que puede pasar?

—Pues lo que creo es que la Historia es susceptible de recesión, y aunque el estado de excepción en el País Vasco pudiera degenerar en guerra, no sería más que una causa aparente para encubrir un malestar mayor que amenaza no sólo a España sino a Europa y al mundo…, la ruina económica por agotamiento de sus políticas capitalistas que traerá despidos masivos, generando bolsas de pobreza, marginación y violencia a gran escala. Una alienación social de magnitud tan grande constituiría sin duda una de las más terribles amenazas para todos, trayendo la desesperanza en el futuro más inmediato…

Sumidos en esta inquietud, cada uno volvió a sus quehaceres, minimizando la seriedad con que hablaba Martín al respecto, quien, al cabo de un rato, dijo:

—Vaya, ya es la hora. Vamos a clase, ¿te parece, Julián?

Juntos salieron al pasillo encaminándose a las aulas. Julián agarró a Martín del brazo y le dijo muy bajito, acercándose en extremo a su oído bueno, el derecho:

—Oye, ¿tú crees que todo esto va de verdad en serio?

Martín miró a su amigo y compañero. Pobre Julián. A punto de jubilarse, polígloto, cura, viajero incansable en sus años de juventud, seminarista del hambre después de la guerra, le preguntaba a él en su recién estrenada madurez, semejante cosa.

—Muy en serio. La aparente estabilidad social de Europa se ve socavada por una fuerte actividad sísmica que aflora en un descontento general merced a la loca carrera de beneficios de las industrias principales, con más peso en la bolsa y en la economía mundial. En España esto no ha hecho más que empezar, y como todo gran problema tratan de enmascararlo, distrayendo la atención hacia otros asuntos como el terrorismo. En mi opinión, se trata de una cortina de humo ante la desesperación por la pérdida de valores económicos cuantiosos y de poder político como una explosión que se contrae en un punto.

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Treinta y dos días de octubre. Capítulo 2 (tres)

Tumbado en la cama, Martín observaba las formas caprichosas que la luna creciente dibujaba en el techo de la habitación, entre la lámpara y el armario. Como un niño, abismado en su juego de luces y sombras. De repente giró la cabeza a su derecha y vio el cuerpo de su esposa recortado contra la ventana abierta.

—¿Estás dormida? —preguntó en voz baja, como temiendo despertar a Iris si realmente dormía.

—No —respondió quedamente su mujer.

Martín se animó un poco saliendo de su embeleso. Tenía ganas de hablar. Necesitaba hablar. Y eso era raro en él a tales horas.

—Sabes, nena, tengo la sensación de que toda esta situación ya la he vivido.

—Claro, tonto. El curso pasado…, aunque con algunas variaciones.

—Ya lo sé. Pero no me refiero a eso. La conversación en el Departamento con Andrés, la sensación de angustia que me atenazaba cuando estaba solo esta tarde en el despacho… Incluso el atentado. Ahora mismo no lo recuerdo, pero creo que también el año pasado, justo el mismo día que empezaban las clases, ETA hizo un atentado —indignado, Martín reflexionó—.  ¿Sabes…? Me avergüenza lo que pasa en España. Se dice una cosa, se piensa otra y se hace o todo lo contrario o algo inesperado.

Su esposa se giró levemente hasta acurrucarse contra el cuerpo de Martín.

—¿Exactamente a qué te refieres?

—Quizá sólo sea un presentimiento. No sé. Bueno, olvídalo —Martín se dio media vuelta, como desentendiéndose de su mujer y de la conversación. Pero de sobra sabía que Iris no iba a darse por enterada. Era demasiado audaz e inquisitiva para zanjar así, sin más, un asunto que él suscitaba. Ella sabía casi siempre lo que su marido pensaba. Pareciera que vivía dentro de él a la vez que lo hacía en su propio cuerpo. Su inteligencia era muy superior a la media y Martín no podía ocultarle, al menos no en ese momento, su preocupación.

En efecto, Iris se sentó sobre él a horcajadas mientras le sujetaba por las muñecas en un suave juego cariñoso.

—¡De olvidarlo nada! ¿Qué te preocupa, la renovación de la plaza? ¿O es otra cosa?

—Que nada, mujer. Qué pesada… Si lo de la plaza no se sabrá hasta mediado el curso. Pues si empiezo a preocuparme ahora…

—¿Entonces?

—Que no sé. Es algo raro, sólo una corazonada…

—Bueno, pero sabrás a qué es debido, ¿no? —Iris se llevó una mano a la cabeza y empezó a rascarse con un dedo, en un simpático gesto deductivo—. A ver, a ver… A que tiene que ver con la declaración del Presidente, ¿eh?, en relación a la independencia del País Vasco… Todos los partidos lo tildan de extravagante y amenazador.

Martín se escalofrió de repente, y su mujer no pudo evitar que su cuerpo se viera envuelto también, por un momento, en la extraña sensación que tenía su marido.

—Es como si hoy, al oírle anunciar que iba a declarar el estado excepción, en vez de estar en España nos hubiéramos trasladado de repente a alguna república ex-soviética. Es que es algo que difícilmente llegó a comprender. Cómo en un país como éste, occidental, integrado en todos los organismos europeos e internacionales, pueda alguien pensar que con esas medidas se va a resolver un problema que Franco no pudo eliminar con todo el aparato represor del Estado a su servicio…

—Sí, el estado de excepción es una medida constitucional —respondió Iris—, pero tampoco a mí me gusta su escaparate. Saben que la publicidad genera demasiada alarma social, y ésta, a su vez, demasiada confusión. ¡Eso asusta mucho!

Martín se quedó pensativo durante un instante, mientras parecía recapacitar sobre lo que él mismo acababa de decir.

—Ya, ya. Si ya lo sé. Es un instrumento que la Constitución pone al servicio del Estado… pero sólo para casos realmente graves en que por ejemplo el funcionamiento de las instituciones o de los servicios públicos se vieran tan afectados que las autoridades no pudieran controlar la situación. Pero no es eso lo que está pasando. Creo que hay algo más…, y desde luego no considero proporcionada la medida de fuerza que quiere adoptar el Gobierno.

—Sí, estoy de acuerdo. Así el Gobierno puede suspender algunos derechos constitucionales y llevar a cabo acciones policiales sin necesidad de autorización judicial…

—Cierto, cierto. Yo creo que lo que buscaban era una coartada para hacer lo que quieran en el País Vasco. Y les ha venido al pelo este clima de desencuentro entre los partidos políticos democráticos, porque cada uno quiere llevarse la gallina a su corral…

—Claro —dijo Iris—, y además va ETA y no para de cometer atentados…

—El plan perfecto. Ya verás cómo esto no queda aquí. Después del estado de excepción viene el de sitio…

—Bueno, nene, pero eso son palabras mayores. El Congreso no va a permitir tampoco que las cosas se salgan del tiesto. Precisamente para eso están las leyes, y el control al Gobierno, y los propios mecanismos constitucionales.

—Sí, sí. Todo eso está muy bien. Pero quizá no recuerdas que tienen mayoría absoluta en ambas Cámaras. Y eso les da suficiente margen como para aprobar las leyes que quieran. O mejor, Decretos-Leyes, que son más rápidos. Y si no, ahí tienes la reforma que han hecho de la Leyes del Divorcio y del Aborto. La Derecha es la Derecha —sentenció Martín, como si en esa frase se contuviera toda la esencia de una ideología política.

—Poco podemos hacer. Preocupante sí es, pero tal vez deberíamos esperar a ver qué pasa. Por nuestro bien, confiemos en que esa mayoría absoluta no se torne en mayoría absolutista —respondió Iris al tiempo que bostezaba. El cansancio hacía su guiño. Iris dio un beso a su esposo y dándose media vuelta se acostó boca abajo—. Hasta mañana, cariño —murmuró con voz ya vaporosa.

Martín la miró en la leve penumbra que concedía la luna y cruzó ambos brazos bajo la cabeza. «¿Qué mañana?», pensó.

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Treinta y dos días de octubre. Capítulo 2 (dos)

Martín se volvió hacia la mesa y comenzó a recoger sus papeles, guardando en la carpeta las fichas y programas que le habían sobrado. Mientras, tras él, podía oír el ajetreo de los alumnos levantándose y saliendo del aula. Apenas si sintió el leve roce de una mano en su hombro.

—Martín…

Se volvió y vio ante él precisamente a Belén, antigua alumna suya de primero.

—Belén, dime…

—Nada, era sólo para decirte que me alegra…, bueno, nos alegra mucho tenerte como profesor otra vez.

—Coincidencias del programa. Además, no sois tantos los viejos conocidos —respondió Martín sonriendo a su alumna.

—Sí, bueno. Pero no te creas. A mí misma no me correspondía este turno de tarde, por el apellido, pero cuando he sabido que eras tú el profesor no he dudado en pedir el cambio, lo mismo que otros que aún no te conocían, ya sabes que las voces vuelan por los pasillos —Belén hizo un expresivo gesto con la mano mientras esbozaba media sonrisa—. Además, sabiendo quien da la asignatura por la mañana no había mucho que dudar, la verdad.

—¡Hombre! Es de agradecer por lo que me toca, pero no creo que sea para tanto, ni lo mío ni lo del otro profesor.

—¡Que sí, que sí! En cuanto hemos visto los programas en el tablón nos hemos decidido los que te conocíamos…, y los demás nos han seguido, así que me parece que en el grupo de por la mañana va a haber poco jaleo…

Ya todos habían abandonado el aula. Eran casi las nueve. Alumna y profesor salieron también. Martín apagó las luces y cerró la puerta. Dudó por un instante si volver al Departamento, aunque en realidad nada tenía que hacer allí a esas horas. Decidió por tanto ir a casa. Preguntó a Belén:

—¿Te marchas ya?

—¡Hombre! ¿Tú qué crees? No querrás que haga horas extras… ¡Que llevo aquí desde las diez de la mañana!

—Más llevo yo y no me quejo tanto… Bueno… ¿quieres que te lleve a casa?

Belén lanzó una sonora carcajada.

—¡Ni soñarlo! ¿Qué sería de mi reputación, acompañada por un profesor? Es broma. No en serio, muchas gracias, Martín. Es el primer día de clase, y ya he quedado con la panda para celebrarlo.

Mientras hablaban habían llegado a la puerta principal de la Universidad. Hacía buena temperatura pese a la hora y la época. Belén miró hacia el bar que había en la esquina, cruzando la plaza, como si desde esa distancia pudiera ver a sus amigos dentro. Se despidió de Martín.

—¡Adiós, profesor!

—Hasta mañana, Belén- respondió lacónico Martín.

Se quedó allí de pie, inmóvil, como si la marcha de su alumna le hubiera petrificado. Miraba al aire, a la nada. Una súbita ráfaga de viento le hizo bailar la corbata y se dio cuenta de que debía irse. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí!, en la puerta principal. ¡Vaya! Debería dar toda la vuelta al edificio para llegar al patio del aparcamiento.

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Treinta y dos días de octubre. Capítulo 2 (uno)

De vuelta en la Universidad, sentado en su despacho, Martín miraba a través de la ventana cómo iba cayendo la noche con la sensación de que, mientras, los minutos habían detenido su paso. Sí, también su pensamiento se había oscurecido al ver el giro nada diplomático del Gobierno cuando anunciaba el estado de excepción ante el plan soberanista vasco con el pretexto de un nuevo atentado. Las autonomías fuertes tarde o temprano reclaman su independencia, «¿qué había de raro en ello?», pensaba entre sí. «¡Independencia! No es más que un nombre…, nadie está fuera de nada. Pero que el Gobierno se tome esto como una amenaza a la Constitución es la peor de las respuestas. Una contingencia así acaba por exaltar los ánimos y las pasiones hasta un punto en el que ya no se oyen a sí mismos, mostrándose de un lado y otro tan intemperantes como desacertados». Con todas las noticias que se habían sucedido no podía decirse que no fuera un primer día de vuelta a clase ajetreado…

Apenas faltaba un cuarto de hora para su clase vespertina y ya oía algo de jaleo en el pasillo, dado que le tocaba el aula que estaba justo al lado del Departamento. No haría mucha gimnasia por las tardes este curso, no. Martín se esforzaba por no pensar en nada que no fuera la clase de presentación que tendría en breve, pero su cabeza parecía un maremágnum de piezas rotas que no terminaban de girar, de chocar unas contra otras, de romper o encajar… Por suerte, nunca había tenido dolores de cabeza, pero si alguna vez tenía la desgracia de sufrir uno, pensó que sería lo más parecido a lo que sentía en esos momentos. Trató de evadirse levantándose y paseando al tiempo que consultaba su reloj. En esta parte de la Facultad por las tardes ni sonaba el timbre ni iba el bedel a dar la hora, y a él le gustaba ser puntual. El estado de excepción… El eco de esas palabras despertaba en él los más horribles presentimientos. Nunca antes en todo el periodo constitucional reciente se había adoptado tal medida, y eso que ETA existía desde antes de la muerte de Franco. Es más, ni siquiera el dictador había considerado tomar tales medidas extremas. Y ahora, de pronto, ante una etapa de mayor actividad terrorista y aquella declaración, el Gobierno del Partido Popular decidía implantarlo en el País Vasco y Navarra. También en Navarra.

Bueno. Ya era la hora. Martín cogió su carpeta, un taco de fichas y de programas y apagó la luz de su flexo. Salió cerrando tras de sí el despacho y también la puerta del Departamento. En el pasillo estaban algunos de sus nuevos alumnos en la asignatura. En tres pasos se plantó en la puerta del aula y permitió que entraran primero todos los chicos, haciéndolo él en último lugar. Se dirigió al estrado y dejó todos los papeles que llevaba encima de la mesa. Encaró el aula y procedió a repetir el proceso de la mañana, esperando a que poco a poco se apagaran los murmullos de las conversaciones en voz baja. Sólo cuando se hizo el silencio más absoluto habló.

 —Buenas tardes. Soy Martín Pérez Caballero y durante el próximo cuatrimestre, algunos días incluso a horas peores que ésta, compartiremos todos juntos esta magnífica asignatura que es Métodos y técnicas de investigación histórica. Vaya por delante que me gusta la puntualidad, y lo mismo que la cumplo la exijo. Como alumnos de tercer curso, estimo que no os resulte difícil cumplir esta petición, que por otra parte redunda únicamente en vuestro beneficio. Ahora os repartiré el programa de la asignatura y una ficha para que me la entreguéis cumplimentada la semana próxima lo más tardar.

Martín comenzó a pasar por entre los pupitres repartiendo el material. Mentalmente los iba contando. Bueno, eran bastante menos que en el curso de la mañana, pero resultaba lógico si se tenía en cuenta que, según había dicho, se trataba de tercer curso, mientras que su clase de por la mañana era de primero. Muchos alumnos abandonaban los estudios a lo largo de la carrera, y el mayor número de bajas se producía entre el primer y el segundo cursos. Aun así, llegó a contar cerca de setenta, lo cual era ciertamente un número muy bueno considerando la hora de la tarde que les habían asignado. Cuando terminó regresó al estrado y volvió a hablar.

—Veo entre vosotros caras conocidas —dijo mientras fijaba la mirada en una chica concreta, que se ruborizó—. Hola, Belén. A algunos os he dado clase en primero, de modo que ya sabéis cómo funciono. Me gustaría que transmitierais vuestras impresiones al resto de compañeros para así saber todos a qué nos atenemos en los próximos cuatro meses. Si os sirve de consuelo, debéis saber que no soy ningún hueso, pero no olvidéis que aun siendo mi trato cordial y afable, es exigente, serio y comprometido cuando las circunstancias lo requieren.

Martín pasó entonces a explicar tema a tema, pormenorizadamente, el programa de la asignatura, detallando los objetivos que perseguía y qué esperaba de sus alumnos al respecto.

—No os asustéis por los títulos de algunos temas. Os aseguro que los he puesto adrede para impresionaros, pero en el fondo versan sobre materias fácilmente comprensibles para vuestras doctas cabezas de tercero. Además, trataré con mis explicaciones de allanaros el camino. Bueno —miró su reloj—, se acerca la hora de irnos. ¿Alguien quiere hacer alguna pregunta…?

Desde el fondo del aula —no podía ser de otra manera— una voz varonil preguntó:

—¿Qué va a caer en el examen?

—…inteligente, se entiende —respondió Martín—. En serio, chicos, yo en vuestro lugar, y lo digo por experiencia, no me preocuparía por el examen, puesto que no es más que un trámite necesario para acreditar un expediente académico. Si seguís de manera asidua la asignatura, y hacéis un ligero esfuerzo intelectual por comprender los conceptos y criterios que vamos a manejar, no habrá ningún problema el día del examen. Porque habrá examen. El sistema de evaluación continua no es apto para la Universidad en mi humilde opinión, entre otras cosas porque la masificación de las aulas y el absentismo lo hacen inviable. A propósito, ¿sabíais que los estatutos de esta universidad especifican que las clases de contenidos teóricos no deben sobrepasar en ningún caso los sesenta alumnos? Pues fijaos por donde, aquí ahora mismo sois más de esa cifra. En fin, si no hay más preguntas… —Martín echó una mirada a la clase, pero no percibió intención alguna de preguntar por parte de los alumnos—. Bueno, a mi me gustaría empezar ahora mismo el temario… —un clamoroso griterío le interrumpió, aunque era él quien, sabiendo la reacción que sus palabras originarían, había introducido la pausa en su frase— …pero creo que para cinco minutos que nos quedan no merece la pena. Preparaos porque mañana, o sea, la próxima clase, de seguro que no nos vamos a aburrir. ¡Ah, y a ver si podéis traer cuanto antes las fichas!

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Treinta y dos días de octubre. Capítulo 1 (cuatro)

Martín arrancó de nuevo mientras veía cómo su amigo sacaba rápidamente las llaves de casa al tiempo que caminaba deprisa hacia su portal, que apenas estaba unos metros más allá. «Bueno, a casa», pensó, acelerando para evitar que se le cerrara el disco de la esquina siguiente.

Cuando por fin llegó a casa eran más de las dos y media. Aparcó a la vuelta de su calle. Miró el buzón suspirando al verlo vacío. «Por lo menos no hay facturas», suspiró aliviado subiendo las escaleras despacio hasta el segundo piso. No había ascensor, pero aunque lo hubiera habido él no lo cogería. Era poco amante de los ascensores. Incluso cuando iba a casa de su hermano que vivía en un séptimo subía por las escaleras. Introdujo la llave en la cerradura y dio dos vueltas para abrir.

—¡Niña, ya estoy aquí! —dijo mientras cerraba y se encaminaba a la habitación. Enseguida oyó los pasos de su mujer que venían desde la cocina.

—¡Hola, niño! —le saludó mientras le daba un beso—. ¿Qué tal el primer día?

—Hola —contestó Martín— ¿Ya te has enterado?

Iris se le quedó mirando un instante mientras desde el comedor llegaba la voz amortiguada del televisor. Apenas acababan de dar la noticia y su marido ya la sabía. Habría venido escuchando la radio del coche.

—Sí —contestó al cabo—, es horrible, no sé qué consecuencias va a traer esto…

—Otro atentado más… —dijo Martín aflojándose el nudo de la corbata y entrando en el comedor.

—¿De qué estás hablando? —preguntó su esposa como si no estuvieran en la misma línea de comunicación—. Mira la tele, yo me refiero a lo que ha dicho el Presidente hace apenas unos minutos. Mira, ahora están repitiéndolo…

Martín se sentó en el sofá enfrente del aparato y vio al portavoz del Gobierno en rueda de prensa en la Moncloa.

—…porque la situación ha llegado a un punto sin retorno posible en el que los asesinos deben recoger el fruto de su sangrienta siembra. Por eso, y considerando que España y su seguridad lo demandan, tras deliberar con el Consejo de Ministros, este Gabinete ha tomado la decisión de solicitar mañana mismo del Congreso de los Diputados la autorización para proceder a la declaración del estado de excepción en los territorios del País Vasco y Navarra por un periodo de un mes, teniendo en cuenta que…

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Treinta y dos días de octubre. Capítulo 1 (tres)

Cuando salían de la fotocopiadora eran más de las diez y media, y de camino al Departamento se encontraron con Julián, el otro profesor asociado con el que compartía despacho. Allí estaba, con su inseparable visera.

—¡Hombre, don Martín! Todo el verano sin verte… —dijo mientras estrechaba la mano de Martín efusivamente, con esa aparatosidad que dan los muchos años de experiencia mundana mezclada con una trivial ambigüedad.

—Lo mismo digo, Julián. Y no será porque haya dejado de venir a diario…

—Bueno, bueno, que yo también he venido a menudo. Lo que pasa es que no hemos coincidido. Ya le preguntaba a Andrés por ti, y me ha dicho que no te habías marchado de vacaciones.

—Para vacaciones estaba yo, teniendo que preparar dos asignaturas para el primer cuatrimestre. Además, con lo que cobro…

—Bueno, bueno, don Martín. ¿Y la tesis qué, acabada?

Martín levantó los ojos y los volvió a bajar inmediatamente, en un gesto que delataba perfectamente su punto de vista al respecto.

—La tesis. Ahí está. Más de tres mil páginas de romanos, pero muertos de risa a estas alturas, supongo.

—Pero hombre. Si estuve con Arranz ¿cuándo sería?, en julio, creo yo, y me dijo que estaba lista.

—No, si lista está, y bien lista. Tanto como yo. Después de lo que me dijo al acabar el curso pasado no he vuelto a dirigirle la palabra.

—¿Cómo vas a hacer eso? —contestó Julián—. Te juegas el futuro, y después de más de tres años trabajando como un negro para hacerla tienes que defenderla.

—No con él. Ya lo tengo decidido. A la única persona que tenía que dar explicaciones ya lo he hecho y está de acuerdo conmigo.

—¿A Iris? —preguntó Julián.

—En efecto —respondió Martín contundentemente—. Si mi esposa está de acuerdo, no hay más que añadir.

Llegaron al Departamento y entraron en el despacho. Cada uno se sentó en su sitio y pareció que por un instante no había nadie en la habitación. Sólo se oía el zumbido del ordenador de Andrés. Hasta que Julián rompió el silencio.

—Hombre, yo creo que deberías hablar con él, no sé, reconsiderarlo. ¡Qué demonios! ¿Tanto trabajo y esfuerzo para nada?

Martín volvió a abrir su carpeta para meter el programa mientras extendía por la mesa, junto a su inservible ordenador, las fotocopias recién hechas y todavía calientes.

—No hay nada que reconsiderar y menos que hablar. No necesito ser doctor para apuntarme a las listas del paro.

—Tú sabrás, pero a mí me parece…

Andrés intervino en la conversación para interrumpir a Julián.

—Nada, nada, que no, yo creo que Martín tiene razón. En su situación lo que menos importancia tiene es la tesis. Lo que debería hacer es luchar para que su plaza se consolide, y luego ya veremos. Leer la tesis, sí, pero una vez que tenga algo seguro.

Andrés y Julián se enzarzaron en una discusión bizantina sobre lo que más le interesaba a Martín mientras éste, como ajeno a todo, perdía la mirada más allá, sobre la línea del horizonte, pensando cómo era posible que ni acumulando méritos pudiera uno decidir sobre su propio futuro.

Pasaba el tiempo y poco a poco la conversación languidecía. Afuera, en la sala, se oían de cuando en cuando pasos quedos y la llave en alguna cerradura, pero nadie se acercó al despacho de Martín a saludar, y eso que algunos de los profesores hacía bastante más de dos meses que no se veían porque no habían pisado por el Departamento en todo el verano. Julián, Andrés y Martín se enfrascaron en sus respectivos asuntos y papeleos, y así dieron las dos.

—Bueno, señores, para mí ya es suficiente —dijo de pronto Julián apagando su lámpara de lectura y levantándose despacio tras colocarse su visera—. Hasta mañana.

—Adiós, Julián, hasta luego —respondió Martín.

—Hasta mañana —contestó Andrés.

Después, cuando los pasos de Julián se habían perdido por el pasillo, volviéndose hacia Andrés, Martín preguntó:

—¿Qué, te hace un vinito?

—Vale. Espera un minuto que termino de mandar este correo —respondió Andrés mientras tecleaba rápidamente las últimas palabras. Martín ya le esperaba fuera del despacho con la llave en la cerradura. En la sala interior todo era silencio. Los profesores que habían ido llegando se habían encerrado en sus despachos, y ni un solo alumno se había acercado al Departamento en toda la mañana—. Hala, vamos, que te toca pagar a ti.

El joven profesor cerró la puerta y juntos salieron al pasillo. Bajaron por la escalera de incendios —que estaba situada justo al lado del Departamento—, algo que contrariaba a Andrés pero que a Martín le encantaba precisamente por ese motivo. Subieron al coche de Martín y emprendieron camino hacia la casa de Andrés, que vivía prácticamente en el centro de la ciudad. Cuando ya llegaban y Martín buscaba aparcamiento, Andrés súbitamente exclamó:

—¡Joder! Oye, acabo de recordar que tenía que haber estado en casa a las dos para ir con mi tío al médico, y ya voy con retraso. Seguro que se ha ido sin esperarme. ¿Lo dejamos para mañana?

—Claro, hombre. ¿Te acerco al consultorio?

—No, deja. Voy a probar primero en casa por si acaso. Hasta mañana, Martín —se despidió Andrés bajando apresuradamente del coche aprovechando que el semáforo estaba en rojo.

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